viernes, junio 23, 2006

CARPE DIEM
Una lección sobre el gran valor que tienen nuestras respectivas vidas.

Esta tarde he estado en un lugar que aborrezco: el hospital. ¿Los motivos? Ayer por la noche, haciendo ademán de mis cualidades para acabar en sitios particulares, fui a un salón de té árabe. Todo era perfecto: el ambiente, las velas, la música... Menos el te, el cual ha provocado mi visita al templo de los horrores a causa de una leve intoxicación. Mierda.... Mientras me arrastraba por los pasillos de urgencias, hecha un asco con ganas de vomitar, he tenido tiempo para observar lo que allí se cocía. No era el culmen de la positividad, no les voy a engañar. Por fin, me siento y mientras me atienden no paro de pensar en que a veces las personas malgastamos nuestro tiempo, nos creamos barreras emocionales que nos impiden sentir,ocupamos las horas en cosas urgentes y dejamos de lado las importantes.... Sola, tras vomitar por medio hospital, con un pinchazo en el trasero y muerta de calor, vuelvo a casa. En un cajón impreso y encuentro este artículo que mi gran amigo John me regaló. Es verdad, el futuro es ahora.

CARPE DIEM
By John Rodríguez
Me comentaban el otro día, cómo en Madrid una chica esperaba el metro en el andén un poco despreocupada. En ese fatídico momento, llegó el tren que la habría de llevar a su destino, pero el destino que correría sería muy diferente porque un supuesto esquizofrénico la empujó a las vías justo en el momento que el tren pasaba. A la chica le amputaron una pierna y quedó con significativas deformaciones en cara y cuerpo. Ella todavía tuvo ánimos para posar ante la prensa.

Y es entonces cuando la mente comienza a hacerse preguntas más o menos irresolubles, porque no me dirán que los humano no amamos ese cruel deporte de hacernos preguntas que no tienen respuesta. Preguntas imposibles como ¿Por qué a mí?¿Qué mal he hecho yo para merecer esto? ¿Qué sentido tiene la vida ahora? ¿No sería mejor estar muerto que vivir así? ¿Cómo ser feliz en esta tesitura? La verdad que no lo hacemos nada mal, eso de lanzarnos dilemas de esfinges macabras, pero lo cierto que es que lo que hacemos aún mejor es no aprender de estas situaciones para "activar" la pasión por nuestra vida.

Seguramente ustedes al igual que yo, al leer el primer párrafo de esta columna (o al ver la noticia en los telediarios), se quedaron con una cara petrificada y pensando "pobrecita, qué desgracia", casi sintiéndose afortunados de que es algo que no les ha pasado a ustedes. Sin embargo, habrán sido pocos los que, después de conocer esta atrocidad, han reflexionado sobre el increíble valor que tienen sus vidas ahora mismo para hacer cosas que ni se les pasan por la cabeza, cosas que es demasiado tarde para hacer cuando suceden estas desgracias.

No sé qué biólogo, filósofo, científico o guruologosofotífico dijo hace tiempo que de todos los seres que pueblan el planeta, el ser humano es el único capaz de preocuparse y sentir angustia por lo que pueda pasarle en el futuro aún sin saber si eso le ocurrirá o no. Un león no se preocupa más allá del minuto siguiente a dar un bostezo. Y eso es porque estamos acostumbrados a creer a pie juntillas una gran mentira: que el futuro existe.

Si tenemos en cuenta que por cada segundo que pasa tenemos innumerables posibilidades de que la vida nos de una cachetada de alegría o de tristeza (nos de un infarto, nos ganemos la lotería, tengamos un hijo o nos tiren a la vía del metro), cobra una importancia totémica el concepto del Carpe Diem -Aprovecha el momento en latín-, pues es la única máxima que nos da una pauta correcta para ser feliz sin arrepentirse de lo que "no se hace".

Según mi experiencia y la de muchos conocidos, permítanme revelarles los dos máximos enemigos del Carpe Diem. En primer lugar, está esa extraña fuerza todopoderosamente ridícula de creer que muchas desgracias o algunas dichas "a mí nunca me pasarán". Eso probablemente es lo que hubiese pensado la chica del metro si hubiese visto la noticia de lo que a ella le pasó reflejado en otra chica. Y en segundo lugar, el otro alfil que juega en nuestra contra es esa maldita manía de pensar que podemos dejar ilusiones, sueños y proyecto para más adelante (siempre hay una excusa para hacerlo: falta de tiempo, de ganas, las recurrida "circunstancias"), creyéndonos como fieles cristianos que el futuro existe.

Pues bien señores, todo este rollo para decirles sencillamente una cosa se la crean o no: "El futuro no existe". Quizá por ello sea hora de rescatar de baúl de los sueños, o del armario de las ilusiones, todos esos proyectos y deseos que se han quedado atascados en alguna fecha de nuestro pasado. O por lo menos quizá sea hora de intentarlo. No por la frustración de no haberlo hecho antes, ni por superar la desidia en que hemos caído para dejarlos tan olvidados, sino porque sin sospecharlo (y "no lo quiera Dios" como dicen en mi tierra) podemos ser nosotros los próximos que recibamos un desagradable empujón mientras esperamos la guagua o el metro.

Para entonces yo al menos no creo que tuviera el suficiente ánimo para posar antes la prensa y que ustedes se enterasen, teniendo así esta oportunidad de reflexionar sobre el increíble valor de sus respectivas vidas.


4 comentarios:

Eva dijo...

Buenisimo. Es un lujazo leer a Sara, Carlos y John. Cada uno con su estilo, pero los tres geniales. Enhorawena. Os animo a hacer más proyectos juntos, artistas.

Anónimo dijo...

Gracias Eva, me alegro que te gustara. a ver si un dia nos conocemos. Un besote!

Anónimo dijo...

Gracias Eva, me alegro que te gustara. a ver si un dia nos conocemos. Un besote!
JOHN

anabel dijo...

Os animo a ver el futuro con optimismo pensado que cada segundo ES pasado presente y futuro en el mismo instante.
No se si es mi comentario más claro pero vivir el segundo es el síntoma más claro de madurez.
Para que luego digan que los de vuestra generación no utilizais la neurona con propiedad.